El último día de mi reinado

Primeras páginas


Música para los cómplices

Compás 32. «¡Ahora!», aulló Antonio Vivaldi, y todo el mundo arrancó sobre el Da capo, con tremebundo impulso, sacando el alma a los violines, oboes, trombones, regales, organillos de palo, violas de gamba, y a cuanto pudiese resonar en la nave, cuyas cristalerías vibraban, en lo alto, como estremecidas por un escándalo en el cielo.

Alejo Carpentier, Concierto barroco.

En la habitación contigua al salón principal, Samuel se anudaba el corbatín. Su tuxedo se le ceñía al pecho. Esculpía un torso griego, como si los cinceles de Praxíteles hubieran tallado cada curva, cada surco, cada pliegue de su piel tan áspera como mórbida. Frente al espejo, yo lo veía tejer y tejer, como Aracne, una y otra vez, el lazo blanco que rizaba su bonhomía de músico clásico. Al terminar la hechura, sus manos se agitaron en un extraño vibrato que hendía la incorporeidad de la brisa fría que, en ese atardecer del 23 de noviembre, se filtraba por la ventana. Se examinaba con escrúpulos la camisa, el fajín, los zapatos de charol con agujeritos en las puntas y sus dedos largos pero acolchados de violista. Trémulo, sus piernas a duras penas lo mantenían en pie. Él languidecía ante la expectación de una sala abarrotada de melómanos que esperaría ser conducida hasta un remanso de felicidad o placer. Se persuadía de que, en cuanto los crepúsculos del cielo y de su templanza se apagaran con el terciopelo de la noche, le sacaría el alma a su viola en un concierto dedicado a Camille Saint-Saëns.

Después de aprobarse, volteó para cazar a su fiel amante. Y allí estaba: obsequiosa, lustrosa y lúbrica sobre la silla. La viola reposaba, quietecita, siempre dispuesta a ser toqueteada, sobada y despreciada. Samuel, más que nunca, como ningún otro día, la deseaba. Como un fámulo sexual que paga el más alto precio por la embriaguez de un orgasmo eterno, la quería poseer y luego, solo luego de un último aliento, desdeñarla como a una prostituta sucia. Esa noche, ante decenas de voyeurs, le haría el amor. Deslizaría sus dedos por sus cuatro estiradas y vibrantes lenguas, acariciaría las curvas de su cuerpo para sentir sus estremecimientos y posaría su hirsuta barbilla de trovador muy cerquita de la boca redonda del instrumento para sustraer los jadeos y suspiros devenidos notas: do, re, sol, fa. Esa es la magia de la música, elucubraba Samuel. Sonidos que se imbrican, se funden y se aparean para alumbrar un embelesamiento que abre las puertas de mundos maravillosos. Lugares recónditos con geografías que ojo alguno jamás ha detallado, con efluvios y olores que ninguna nariz ha aspirado, con sabores que no ha degustado cuando menos una boca, pero que, sin embargo, todo, absolutamente todo, deslumbra, huele y sabe.

Samuel pastoreaba su contemplación sin percatarse de mi presencia. Sobre la mesa estaban las entradas que, en tinta gris, como relámpagos de plata, decían: «Sinfonía número 3 en do menor. Orquesta Las Américas». Después de tres años sin ofrecer un espectáculo, la famosa agrupación había reunido por vez primera a los mejores músicos de toda América Latina, venidos desde el punto más septentrional de México hasta el más austral de la Patagonia. Samuel, para la sazón, se había ungido con lágrimas y aplausos como el violista más célebre de Venezuela y uno de los mejores del mundo. Su participación henchía de conmoción a los expertos no solo porque su arco sería el principal de las trece violas de la sinfónica, sino también porque desfogaría un breve recital al culminar la romántica pieza para órgano que compusiera el maestro Saint-Saëns en 1886. Las condiciones estaban servidas para que la noche discurriera en júbilo y panegíricos; para que los tubos del órgano, lejos de una catedral y de los evangelios, bramaran en breves intervalos durante los treinta minutos del espectáculo y conquistaran, no obstante, a Dios y a los ángeles. Y, por supuesto, para que Samuel se bañara, pródigamente, con los vítores y ovaciones de sus seguidores.

Yo, mientras tanto, me pringaba de una orgullosa complacencia y lo admiraba sin un ápice de envidia, a pesar de que mi segundo libro no fue venerado sino por una miríada de xenofóbicos, frívolos y trastornados lectores. La prensa redactaba floridas lisonjas o nos escarnecía con duras críticas en las prescindibles secciones de sociales. Verbigracia: «El famoso violista Samuel llegó a la clausura, junto al escritor de A cada uno su senda, para cerrar la semana de Mozart». «La pareja fue sorprendida en un restaurante capitalino cuando el escritor bamboleaba su borrachera». «El músico Samuel Verhook se disculpó ante la prensa por los golpes y escupitajos que le propinó su pareja a unos paparazzi en París». Aun cuando mi ya manido nombre solo acompañaba al suyo para ensuciarlo o, en el mejor de los casos, para adornar, como las espiras de una columna salomónica, el rendimiento de quienes lo adulaban, yo lo encumbraba en mi altar, en mi panteón personal. En mis ensoñaciones éramos como Proust y Hahn, entre paseos en cabriolés y churriguerescas comidas, entre notas y letras, entre sinfonías y líricas. E imaginaba que Samuel me nimbaba, a la guisa de Reynaldo a Marcel, de admiración como el único poeta de su parnaso.

Durante el trayecto al teatro no trabamos palabras. La solemnidad de nuestro silencio no adversaba la impaciencia e intranquilidad que nos embargaban. En pocos minutos el estallido de los instrumentos terminaría de silenciar cualquier pensamiento impropio. «¿Cómo luzco? ¿El corbatín está derecho? No sé, es extraño, pero me están sudando las manos. Este concierto es muy importante para que la fundación gringa subsidie la gira que queremos hacer por Japón y China. Todo tiene que salir bien», farfulló Samuel justo cuando el taxi se estacionaba para soltarnos. Llegamos. No hubo tiempo de chácharas. Los organizadores estaban por dar sala, solo apremié a decirle: «Toca con duende. En la salida hablamos». Lo besé en la mejilla recién afeitada y subí en busca de mi palco.

Los concurrentes entraban a empellones para arrellanarse y perderse en los dos movimientos de la sinfonía y yo trashumaba por los pasillos para ver si hallaba alguna cara conocida. El que busca, encuentra. Y allí estaba Sandoval, el crítico literario que enlodó de degradación y oprobio mi libro, que me humilló y flageló mi ego, que bien esponjado estaba, con látigos tan punzantes como los que desgarraran las carnes de Cristo. Sí, allí estaba anadeando su engreimiento, con su aire de sabelotodo, con ese paletó negro, con la misma camisa azul de cuello y puños blancos que siempre lo embute para ocasiones de etiqueta, y con esa misma mirada que respinga y soslaya todo a su derredor por no considerarlo a la altura de su copete. Su postura nunca me cayó mal. De hecho, su soberbia coqueteaba con la mía, y su sonrisa adusta manaba un savoir faire que me provocaba lamer con un beso. Pero desde que me había maltratado, su presencia me había escaldado como el ardor en las hemorroides.

Me acerqué para saludarlo, pero me ignoró. Me hizo el fo. Entonces lo odié aun más. Cerré los diques de mi locura para que no se desbordaran mis ganas de asestarle un garrotazo que despelucara ese copete horrendo que se le encresta por encima de la frente. Me incorporé y al salir de la humillación me di cuenta de que su esposa, Maritza, como una geisha, siempre había estado ahí, oliendo el polvo de los zapatos de su marido. Para los sabedores, Maritza era la estrella: el genio detrás del crítico. Sus textos acerca de botánica, entomología, religión y buen uso del castellano la habían granjeado reconocimiento. Había quienes aludían a ella como la intelectual o la papisa de la lengua. Los más agudos o los más cicateros aseguraban que las dos novelas de Sandoval, bien acogidas por los lectores y la crítica, habían sido escritas por ella: por su heroína sumisa. Maritza y yo cruzamos miradas, pero siguió de largo. Me dejó solo con mi ofuscamiento. Así eran mis ansias de aprobación.

Apareció el concertino y con él, escoltando sus pasos, las tres flautas, los dos piccolos, los dos oboes, los dos clarinetes, los dos fagots, el contrafagot, los cuatro cornos y las tres trompetas junto al piano, órgano, tubas, platillos y bombos. Luego desfilaron con salerosa marcha las cuerdas: violines, contrabajos, violonchelos y, por supuesto, Samuel y las violas. Por último, brotó de una cenicienta y tupida neblina el director con su batuta. Mas él poco me interesaba. Al acabar el protocolo, al fin gorjeó el clarinete para dar inicio al susurro del lento adagio-allegro moderato. Las cuerdas entreveraron tímidamente las primeras crispaciones, en tanto los chelos, en un siniestro pero delicioso pizzicato, sembraban la intriga para cederle la magia a los violines y a las violas, que explotarían en un vaivén desafiante. Esta introducción se bifurcaba y volvía a converger en un mismo estuario donde reposaba un tema de carácter mendelssonhniano y otro un poco más suave, con repeticiones en tonalidades menores, que producían escalofríos a la audiencia.

Mientras el movimiento se desvanecía en un estado de ánimo tranquilo y placentero por las notas de los chelos y contrabajos —antes que terminara la orgía de sonidos en una lenta y suave y sostenida la bemol tocada por el órgano—, un sentimiento de llenura, de hastío y ahíto trepidaba en mi barriga. A mi izquierda tenía de vecina a Maritza y ella a su vez a su engreído marido. Una sensación irreprimible de detener el concierto me apoderaba, me gobernaba, me corroía. Quería gritar a todos las mentiras y patrañas de Sandoval. Desenmascararlo y de confirmar todas las suposiciones de su reprimida y frígida esposa. Ella era la artista. Domeñé mi impulsión, al son que mecía el poco adagio. Su sostenida perorata entre el órgano y las cuerdas amainó mi vesania.

El enérgico segundo movimiento, con su presto de pasajes rápidos en formas de escalas para el piano, con el maestoso que se desliza y serpentea con acordes en do mayor tocados por el órgano —y que luego se intercalan, poderosos, con la fanfarria de los metales—, quebró la cordura y control de los asistentes. Saltaron las lágrimas, más de un pulmón se detuvo sin aire y las gargantas se constriñeron como por una soga en el cuello. La expectativa culminaría en un paroxismo de alegría o degollina. Yo ignoraba, sin embargo, todo, sólo por algunas hendeduras de mi frágil concentración se colaban los estallidos de los platillos y el tamborileo de las castañuelas. Ya no me importaba Samuel ni ese estúpido concierto, menos las halagüeñas palabras y encomios que recibiría mi músico y que me empalagarían al salir. Yo solo pensaba en Sandoval, en su camisa azul de cuello y puños blancos, en la torcida de ojos que me echó cuando nos topamos, en su mujer, que en ese momento salivaba y deglutía, y en mi degradado libro.

«Este último movimiento es de gran variedad, incluyendo un tema de fuga polifónica y un breve interludio pastoral. Los patrones cromáticos desempeñan un papel importante», comentó un hombre a mi derecha que engoló la voz para dar a creer que era una autoridad en la materia. Antes de que los músicos depusieran sus instrumentos, Maritza despertó del hechizo y se me acercó con sigilo al oído. «No quería molestarte, pero no podía pasar la oportunidad de decirte que me encantó tu libro. Me reí mucho», gorgoteó impasible. «Gracias», le respondí todavía con un poco de indiferencia. Cuando se hicieron la luz y el silencio, el auditorio se puso de pie. Yo también me paré, por ósmosis. Prorrumpieron los aplausos. Maritza me hizo guiños. Nos sonreímos y aplaudí. Supe entonces que entre los dos había nacido una complicidad entrañable que nos estrecharía para decretarle la guerra a Sandoval. Aplaudí y aplaudí. Las manos me ardían con cada choque de palmas. Aplaudí durísimo no por la orquesta ni por Saint-Saëns, sino por mí y por Maritza, por nuestra valentía, porque ella era más inteligente que su esposo, porque había disfrutado de mis letras en silencio y porque la noche era mía y no de Samuel.

Al poco tiempo mi amado se paró al frente del escenario. Solo con su viola. El recital iba a comenzar. Yo salí del teatro en busca de un trago.