Pedro Lemebel y Francisco Casas, las Yeguas del Apocalipsis
A partir de tres novelas y una crónica se cose la semblanza de un personaje que suscita embelesamientos al igual que rechazos. «La loca» irrumpió en la literatura latinoamericana a finales del siglo xx no solo para contar lo que muchos aborrecían, sino también para generar conocimientos de sí misma.
Quiebra su cintura en un mariposeo que desdibuja las definiciones de masculino y femenino. De las aguas de la ambigüedad, emerge como Venus para deslumbrar a propios y foráneos. Una maroma de supervivencia despliega como el rizo de su camaleónica melena. Su verbo ocurrente, siempre al límite de la norma, hechiza o mantiene en guardia a quien vacila o la mira de puntillas. Sus maneras son, de acuerdo con los que la han discriminado, una provocación. Aleteos que titilan en sus pestañas postizas. Ella sabe de tocados, labiales y uñas. Los ardides con los que esconde las pudicias de un cuerpo que no reclamó y las armas con las que vulnera concepciones de género. Para quienes la marginan, el escenario es la única conquista permitida en el espacio público. Sin embargo, experta en las artes del transformismo, hace de las tablas —con luces y a veces cámara, pero siempre acción— su medio de denuncia política y de expresión. Hábitat donde escarcha su humor. Lugar donde prodiga recursos de falsas Cher, La Lupe, Beyoncé y cuanta sílfide o madonna refulja en el casting comercial del pop. Sí, ella deviene, con sus habilidades de corte y costura, con sus apaños de adhesivos y maquillaje, cantante, actriz y gimnasta y un largo etcétera que se contorsiona en su espectáculo travesti. Ella es «la loca», «la marica», «la pájaro», la protagonista de este y otros muchos perfiles. Pese a los arrinconamientos sociales, pese a las etiquetas y mordazas, es amazona, es guerrera, es ídolo y picapica del imaginario LGBTQI+.
Bajo las luces de un teatro accesorio, el show es la parodia de una libertad anhelada. Sus sensualidades incitan al público que está atento a la próxima astucia. Con ella desafía el discurso de los patriarcas. Hoy, después de muchas batallas, más perdidas que ganadas, no hay quien no se postre a sus encantos, ora para piropearla, ora para maldecirla. Pasaron años para que la performance de su vida, el carnaval de disensiones, estuviera en apogeo. Ni en sueños lo auguró: se convirtió en matrona de la otredad. A pesar de los rechazos, un arrobamiento hacia sus curvas triunfó en el capitalismo de Smith. La que escapaba de la nomenclatura aceptada, la que eludía los convencionalismos masculinos y la mojigatería de la burguesía, invadió la lógica neoliberal del mercado1con tal ímpetu que es imposible ignorarla.
Hay quienes la miran como un producto de consumo masivo que se cotiza en alza. Embutida en modelitos de última hora —es devota de la moda—, «la loca» se pavonea y se hace ver. Nunca pasa desapercibida, deja una estela glamorosa en centros comerciales, cafés, discotecas y bares. También brilla en X, Youtube, Instagram y en toda la galaxia 2.0. Enmarcado en ese triunfo, ahora su nombre lo adoptan miles y miles de personas como un fenómeno de «resignificación». Unos y otros se llaman «loca» como una suerte de saludo inofensivo, como una interpelación y no una ofensa:
Este fenómeno representa un cortocircuito o salto de la estigmatización hispana cultural y religiosa, un brinco por encima del malestar asociado al epíteto que circula en cercanía de los peores insultos como pato, pájaro, joto o maricón. Loca llega sin el dolor, como lo más normal del mundo, el símbolo de la celebración de la alteridad transfemenina espectacular, muy particular, que no corresponde a una reproducción tradicional de lo femenino sino más bien al drag o travestismo como monstruosidad estética, algo levemente espantoso pero no por ello menos bello2.
No siempre fue así.
Lo que dice la literatura
A finales del siglo xx, editores latinoamericanos, seducidos por relatos que no presumían la bendición del canon, publicaban obras que narraban realidades diversas. Para los censores y más ortodoxos eran fábulas inmorales o chascarrillos de pisaverdes. Líneas de escaso valor artístico. Entre las décadas de los setenta y noventa aparecieron diferentes títulos que sacaban del armario nombres de escritores desconocidos. Revelaban, asimismo, historias y personajes que tenían poca o ninguna presencia en la industria del libro. Entre ellos destacaba «la loca». El hombre que sucumbía al abrazo de otro, que desnudaba sin pudores su alma «invertida», apuraba curiosidades lo mismo que antipatías. Sus anales picarescos eran tan profundos como estrechos. La tradición los consideraba una anomalía. «La loca» era vista como un extrañísimo insecto: bicho baboso que alteró el reino de la entomología. La rara avis que acuñó Michael Foucault en su Historia de la sexualidad:
(…) ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizá misteriosa fisiología. Nada de lo que él es in noto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyace en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrito sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular. (…) La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie3.

Su sexo era un crimen y una aberración para la mentalidad hegemónica que regía —y aún rige— el sistema capitalista. El muy estudiado «patriarcado» por la teoría queer y feminista, con sus sofisticados mecanismos de control, pisoteaba disidencias en un baile sin tacones. Oprimía a «la loca» para evitar que, en conspiración con otros especímenes igualmente peligrosos, por ejemplo mujeres, lesbianas y faunas variopintas, subvirtiera con algo más que plumas el «orden natural» de la sociedad binaria y heterosexual: «(…) Françoise d’Eaubonne [la] denomina por primera vez “falócrata” y “heteronormativa”, criticando todas las instituciones de normalización “heteropatriarcales” (la familia, el colegio, el hospital, la prisión) y la centralidad de los aparatos de construcción de la identidad sexual dentro del capitalismo».4
La nueva especie con su «anatomía indiscreta» se convirtió en protagonista de cuentos y novelas. Frente al lector agitaba su colita. También columpiaba las penas, las segregaciones y los suplicios que le causaba el machismo. Más allá del debate teórico iniciado por Aristóteles, de si la literatura es o no mímesis del mundo, ¿cómo la representaba en tanto su nombre era sinónimo de equivocación y perversión? ¿Se puede hablar de tipos de locas o de reproducciones en la narrativa contemporánea?
Responder a estos interrogantes obliga a la investigación detallada, a contrastar datos y a poner en diálogo coloridas bibliografías. Estas líneas apenas pretenden mostrar el polimorfismo de «la loca», la heterogeneidad que la define y, por supuesto, la polifonía de voces que intenta explicarla en el concierto literario. A partir de cuatro fuentes diferentísimas entre sí, se proyectan unas pocas luces: la crónica «El resplandor emplumado del circo travesti», del escritor chileno Pedro Lemebel, las novelas Arturo, la estrella más bella y El color del verano, del cubano Reinaldo Arenas, y el texto hermafrodita Plástico cruel, del argentino José Sbarra, «transgenérico» por antonomasia, que coquetea con el diálogo y la nouvelle. ¿Cómo la pintan estos autores cuyas obras son reconocidas por la crítica como testimonio gay? ¿Es posible loca-lizarla? Ni con su artillería de labiales y lentejuelas pudo convencer a la literatura de remedarla. Terminó distorsionando su figura. Quizás aprendió de Oscar Wilde que el arte nunca emula la vida: «La vida imita el arte mucho más de lo que el arte imita la vida. La literatura, para quienes propugnan que es una expresión artística, presagia siempre la vida. No la copia, sino que la amolda a sus fines».5
En una primera lectura saltan a la vista ciertas semejanzas. En uno y otro texto, el personaje de «la loca», calificativo de uso común para designarla a guisa despectiva, es víctima de múltiples tormentos. Hace vida en barrios marginales donde contonea su desparpajo y acopia miradas; también desprecios. Arrinconada en la periferia, la sociedad la relega y afila sus métodos de vigilancia para condenarla a la estrechez, a la vulnerabilidad y a la tristeza. Apartada de privilegios civiles, sus ámbitos son, por lo tanto, el teatro como medio de subsistencia y protesta, la pobreza como condición ontológica, la prostitución como desfogue comercial y la enfermedad como amenaza del cuerpo (también atentado contra la salud y bienestar de la burguesía). Sobre este último pesar, el filósofo francés Guy Hocquenghem, en su análisis antiedípico El deseo homosexual, suscribe que, para la sexualidad dominante, las enfermedades venéreas funcionan como reguladores de la lujuria.6
Sobre estos y otros padecimientos, en El color del verano o Nuevo «Jardín de las Delicias», Arenas escribió:
(…) hemos padecido y padecemos todos los sufrimientos típicos que azotan al género humano (calamidades domésticas, enfermedades, vejez, abandono, soledad), pero además de todo cargamos con otros sufrimientos aún más terribles. Hemos padecido todo tipo de escarnio y exterminio. Hemos sido enterrados vivos, emparedados, quemados, ahorcados, fusilados, discriminados, chantajeados y confinados. Se ha intentado (y se intenta) borrarnos del mapa. La ciencia, la política y la religión se han puesto al servicio de nuestra destrucción. Con la creación del virus del sida, fabricado especialmente para aniquilarnos y aniquilar todo intento de aventura (pues toda aventura encierra una inquietud y una posibilidad eróticas), se quiere poner punto final a nuestra historia, historia que no puede tener fin porque es la historia de la vida misma en su manifestación más rebelde y más auténtica.7

Puro teatro
¡Chito! La función va a empezar.
En la improvisada escenografía, brotan pimpollos de clavel color fucsia. A juzgar por los ademanes que tuercen y el parpadeo estremecido, se van a partir como una galleta de fresa. Las animan los espectadores que ahogan sus despechos en los vasos de aguardiente. Se doblegan al chichisbeo de las artistas. Ellas están listan para emular un modelo de feminidad que transita en todas partes y que aprendieron al caletre. «Las locas» van a mudar pieles. Simular el canto de su epopeya. Junto al micrófono afónico, se preparan para forzar los gorjeos de famosas que admiran. Desdoblarse en la interpretación que, hasta el día de hoy, es la quintaesencia de su acto: el playback. Se oyen los primeros clamores. Tres, dos, uno… aparece la bandada de guacharacas con el aspaviento de metal que imanta a su audiencia. Truenan, como acostumbran:
Igual que en un escenario
Finges tu dolor barato
Tu drama no es necesario
Ya conozco ese teatro
Mintiendo
Qué bien te queda el papel
Después de todo parece
Que esa es tu forma de ser
Yo confiaba ciegamente
En la fiebre de tus besos
Mentiste serenamente Y el telón cayó por eso.8
Aspiran una bocanada de ese aire viciado a sudor y humo de cigarrillo tan característico de los tugurios que las acogen. Por las feromonas, los chulos las ovacionan. Ellas saltan, se desesperan, quieren tumbarse al suelo, patalear, rasgar sus vestiduras. Una se quita los zapatos, otra se arranca la peluca, las demás siguen «cantando»:
Teatro
Lo tuyo es puro teatro
Falsedad bien ensayada
Estudiado simulacro
Fue tu mejor actuación
Destrozar mi corazón
Y hoy que me lloras de veras
Recuerdo tu simulacro
Perdona que no te crea Me parece que es teatro.9
Y para cerrar, un «¡ay!» se escapa. El alarido sintetiza sus penas.
Lo que dice la crónica
Otras se han ido sumando al espectáculo con el propósito de hacer familia, compartir un lenguaje común y, por supuesto, honrar su forma de existencia. ¿Por qué no darse ánimos? Así, la tropa fue a parar hasta las lindes de una ciudad raída en Chile. Bajo una carpa de circo que levantaba ilusiones, las pajarracas ensayaban la comedia que entretenía a un público harto de su miseria. Sustraer la carcajada para olvidar por un momentito tanta hambre y penitencia.
Bienvenidas sean las divas de «El resplandor emplumado del circo travesti»:
Gran paraguas de lamé esta fantasía morocha que recorre los barrios, que de plaza en plaza y de permiso municipal al sitio eriazo hace estallar la noche en la carcajada popular de la galería. Cuando la loca de la cartera tropieza, se le quiebra el taco, parece caer y no cae corriendo, encaramándose en los tablones de la galera, persiguiendo su cartera que vuela de mano en mano abriéndose, desparramando un chorizo de sostenes, medias, calzones, agarrones y gritos en la fiesta de la carpa travesti.
Así desfilan por la pista iluminada las divas que fueron grito y plata en otras primaveras. Las súper novas del transformismo, las mariposas nómadas, que dejaron un rastro de lentejuelas y amores de percala colgado frente al ojo turbio del océano.
Hace unos cuantos años, Timoteo travistió al payaso e inventó este circo en algún cerro de Valparaíso. Con un mono raquítico, un lanzallamas defecando fuego, un trapecista epiléptico y unas cuantas palomas que giraban en un carrusel. Pero el espectáculo seguía siendo triste, y las palomas eran aves grises y aburridas que tuvo que reemplazar por otros pájaros de corazón más violento. Una troupe de travestis semicesantes y maltratados por el tornasol opaco de los años. Una cabalgata de la nostalgia que lampareó desde su ocaso la chispa multicolor del Hollywood tercermundista que necesitaba el espectáculo.
Desde entonces la Fabiola de Luján, el cetáceo dorado de la noche, adormece con su bolero la difícil existencia de los espectadores. Desde entonces él/ella, desbordante en su paquidermia, va rifando la botella de pisco equilibrada en las agujas de los tacos. Va ofreciendo los números mientras trepa la escalera de tablones entre la gente, contestándole al que le grita guatona que ella con su guata se fabrica unas exuberantes tetas. «Y vos con esas bolsas entre las piernas no hacís na». Entonces estallan las risas y entre talla y talla las familias pobladoras se olvidan de la miseria por un rato, después se van a sus casas soñando con el resplandor emplumado del trópico latino. Como si el ladrido de los perros redoblara en la asfixia de esos tierrales el eco de una queja en maricovento de rumba, en megáfono mariposón que salsea la Rosa Show trinando «así papito», como un colibrí en el lodo. Como si el charol impostado de esa voz masculina fuera el bálsamo suavizante del dolor pobre, y no importara su carraspeo de laringe sucia en el sube y baja de la nuez del cuello afeitado que repite: «Por qué se fue»… «¿Tú lo dejaste ir?»… «Ahora nadie puede apartarlo de mí».10
Fin de la función.
Llueven los aplausos. Las también actrices los recogen con una sonrisa satisfecha. Las incitan: ¡siempre habrá oportunidad para afectar un poquito más! También les hacen recordar que su actuación es a lo sumo un atrevimiento, pero no una innovación. Caricatura de códigos de comportamiento de una identidad preestablecida. La reafirmación de un constructo social e histórico de significados asumidos, lo que Judith Butler llamó «performatividad de género». Imitación de imitaciones producida y reproducida en el tiempo que no es reflejo del ser:
Como no hay una «esencia» que el género exprese o exteriorice ni un ideal objetivo al que aspire, y puesto que el género no es un hecho, los distintos actos de género producen el concepto de género, y sin esos actos no habría ningún género. Así pues, el género es una construcción que reiteradamente disimula su génesis; el acuerdo colectivo tácito de actuar, crear y garantizar géneros diferenciados y polares como ficciones culturales queda disimulado por la credibilidad de esas producciones y por las sanciones que acompañan al hecho de no creer en ellas; la construcción nos «obliga» a creer en su necesidad y naturalidad.11
Telón arriba o telón abajo, «la loca» no encorseta las florituras y gestos que aprendió de un modelo original de «ser mujer». Su caracterización es también burla de ese modelo, que no lo desentraña ni lo explica:
La actuación de la travestida altera la distinción entre la anatomía del actor y el género que se actúa. Pero, de hecho, estamos ante tres dimensiones contingentes de corporalidad significativa: el sexo anatómico, la identidad de género y la actuación de género. Si la anatomía del actor es en primer lugar diferente del género, y estos dos son diferentes de la actuación del género, entonces esta muestra una disonancia no solo entre sexo y actuación, sino entre sexo y género, y entre género y actuación. Del mismo modo que la travestida produce una imagen unificada de la «mujer» (con la que la crítica no suele estar de acuerdo), también muestra el carácter diferente de los elementos de la experiencia de género que erróneamente se han naturalizado como una unidad mediante la ficción reguladora de la coherencia heterosexual. Al imitar el género, la travestida manifiesta de forma implícita la estructura imitativa del género en sí, así como su contingencia. En realidad, parte del placer, la frivolidad de la actuación, reside en la aceptación de una contingencia radical en la relación entre sexo y género frente a configuraciones culturales de unidades causales que suelen verse como naturales y necesarias.12
Lo que dice la novela
¿Qué ocurre cuando sus detractores la obligan a ser «la loca»? Diana de vilezas, alguna es conminada a encarnar un papel que ni en sueños quiso. Por sus ardores, que no reprime, por las gracias que fertilizan la obsesión de los dominantes —el temor a su propia homosexualidad hace que los hombres heterosexuales se sientan amenazados— es doblemente castigada. No importa si elige la discreción, no tendrá otro rol en la sociedad sino el de «la loca».
En un campo de trabajo forzado, donde recluían y torturaban a homosexuales cuando apenas comenzaba la revolución comunista de Fidel Castro, el personaje principal de Arturo, la estrella más brillante aprendió que no podía ir en contra del régimen. Por mucho que se empecinara en omitir la realidad del presidio, la patada tras las rejas, el acecho del verdugo y las órdenes en el cuartel lo atenazaban. Aunque construyera ficciones —era escritor— que le procuraban el antídoto del dolor, apartarlo de aquellas realidades, Arturo no tuvo otro remedio que convertirse —dependiendo de la fiesta de turno— en entusiasta odalisca, en bailarina de arrabal o en la lunática vedette. Tenía que encantar a los mandamases que lo humillaban. Batirse en una versión caribeña de la danza del vientre para aplacar furias. ¿Qué obtenía a cambio? Burlar la muerte mientras aparentaba.
(…) Arturo comprendió que ellos, y los otros y los demás y todos, es decir la vulgaridad, la imbecilidad, el horror, no toleran la indiferencia; traición, robo, ofensa, muerte, todo podía pasar, y de hecho pasaba, pero lo que no se admitía era que no se contase a la hora de cometer el delito (antes y después) con la inmensa chusmería, que no se confiase en ella, que uno no se sometiese a ella… si quería sobrevivir tenía que adaptarse o fingir adaptarse como quizás hacían otros que ahora mismo lo atropellaban, tenía que hablar como ellos, tenía que reírse como ellos, tenía que hacer los mismos gestos que ellos, y Arturo manipuló aquella jeringonza aceptada y delirante, comenzó a lanzar la típica carcajada de la loca histérica, cantar, modelar, pintarse los ojos y el pelo y los labios con lo que apareciese, hacerse grandes y azules ojeras, todo esto lo hizo él hasta dominar y adueñarse de todas las jergas y ademanes típicos del maricón prisionero, todo esto lo logró Arturo y aún más, con el tiempo llegó a destacarse tanto por su forma de mover las nalgas en El momento de la danza, por sus fogosas interpretaciones en El momento de la canción, por su exclusiva manera de pestañear, estirar el cuello y extender las manos en el momento de Sea usted la modelo, por sus audacias con las postas de las garitas, que el año siguiente, cuando todos ellos en una apoteosis de chillidos y sacos de yute teñidos se reunieron para elegir a La Reina de las Locas Cautivas, Arturo subió al trono respaldado por una decisión abrumadora y se vio sobre una suerte de catafalco atestado de andariveles en medio de incesantes berridos y loas ostentando un manto y una corona de amapolas —flores, estas, que quién sabe cómo ellos, ellas, se las arreglaron para cultivar—, luego tuvo que cantar, amenizar las fiestas con sus gritos más estridentes, participar siempre con el aire de real princesa —con real hastío— en las fornicaciones colectivas, y eso era, pensaba, lo que él había sido antes (de haber padecido el verdadero terror, el desprecio, la soledad), ¿y eso era realmente lo que ahora, siempre, los demás imaginaban que era él, lo que realmente veía?, ¿por esas ridículas contorsiones, por esa voz de contralto en decadencia, por esos ademanes superficiales sería juzgado y recordado, olvidado?».13
Después de cumplir con sus roles, «la loca» vuelve a las cotidianidades que la hacen llorar. Por los sollozos, una lagrimita se prende en la punta de una pestaña y cae para agrietar el emplaste de base y corrector que frisa su agotamiento. Si no se la encuentra distrayendo a un público, está en la avenida o en el prostíbulo relamiendo las lubricidades de clientes que pagan por su beso machihembrado…

El desfile de la extravagancia
¡Que no! Que no se la confunda con la drag queen, la hermana sajona que enrosca su lengua bífida en idiomas no romances. «La loca» es latina. Por eso no gusta de arquitectónicas pelucas ni de rellenos de espuma. Sus argucias de seducción son otras: el español que prescinde de las zetas; el timbre adulón con el que canta «mi amorcito» y «papi rico»; el tumbao de caderas a golpe de tambor; la manito que zumba como luciérnaga y las minifaldas que descubren sus voluptuosidades de princesa castiza. El mestizaje corre por sus venas: ella es negra, india, blanca, parda y mulata y todo junto. Finalmente, las maravillosas geografías de su cuerpo van desde los desiertos de Chihuahua hasta los cerros fálicos de los Andes. Allí se la encuentra, en todas partes, hasta debajo de las piedras, o eso cree la heterosexualidad reproductiva que le tiene miedo. El psicoanálisis consiente una estrecha relación entre sodomía y psicosis. Para Sigmund Freud, la segunda es producto de la opresión de la primera: «Freud afirma que la paranoia está, en general, ligada a una represión del componente homosexual de la libido. El miedo a su propia homosexualidad lleva al hombre social al temor paranoico de verla aparecer a su alrededor. (…) Del fracaso necesario del intento que aspira a hacer desaparecer el componente homosexual nace la paranoia».14 El temor a su propia flaqueza, a dejarse encantar por tentaciones de extraña naturaleza, desasosiega al macho de pelo en pecho. En su ofuscación, ve a «la loca» por doquier, alerta para dar la zalagarda: en el mercado, en el bulevar donde se pavonea con sus caprichos y en el río donde refresca sus aletas de sirena.
Mientras arrecia la cacería de brujas, «la loca» sortea restricciones y penurias. Para contener la depravación, los poderosos la persiguen. La reprenden por alterar la morigeración y la tranquilidad de la burguesía contemporánea. La confinan en cárceles y hospitales. Sí, hasta no hacía mucho, maricón, ladrón y dolencia significaban lo mismo. Por lo tanto, a la criatura siniestra o engendro «contra natura» no le sobran espacios en los que pueda abanicar su influjo amanerado. ¿Dónde da riendas sueltas a sus fantasías? ¿Dónde inflama el deseo que reduce a cenizas sistemas de género preconcebidos? Si en el teatro ella plagia anhelos, en el burdel enamora y desafía discursos. Territorio del goce en alquiler. En él modifica «posiciones de enunciación» —como aconsejara Jacques Derrida en Firma, acontecimiento y contexto— y hace valer el «pacto contrasexual» del filósofo y terrorista Paul Preciado, ese que «se dedica a la deconstrucción sistemática de la naturalización de las prácticas sexuales y sistemas de género. Y proclama a los cuerpos no como hombre y mujer sino como hablantes».15 En el cuchitril del pecado, donde se regatean caricias y orgasmos de a pesos, «la loca» consigue una pizca de libertad.
Venta de caricias
En el lupanar, aburridos y lambucios esperan su turno. Los hay de todo tipo: el desesperado por frote, el muchacho que provoca la erección de su adolescencia, el casado que se quita la alianza del dedo y el solitario que compra un espejismo de amor. Si «la loca» no tiene proxeneta que la explote, la acera de una calle sin ley hace las veces de vitrina. Sitio donde exhibe su rajita. Más allá de los tiempos de la eyaculación, respinga su ligereza. Se entrega apasionada para recibir la bendita libación que, de tanto orar de rodillas, le regala un dios. Bombón, protagonista de la novela Plástico cruel, de José Sbarra, es poeta y prostituta. Aunque pasada en edad, ajada según ella, está pendiente del subibaja de la testosterona. Libertina, se pasa el qué dirán por el forro de sus bragas. Sus ojos acechan y recorren el metro, el baño público, el arbusto donde se agazapa un ejemplar. Busca y rebusca los 18 o 21 centímetros que recompensen su ardua labor de ordeño.
«Linda y Bombón. Una cita para hablar de Baudelaire»
—Hace un par de horas que estoy esperándote, Bombón.
—¡Ay Linda! ¿A que no sabes lo que me pasó?
—¿Un accidente?
—Claro, no tenés ni puta idea. Yo, en cambio, de puta tengo todo. Y por eso tuve un tropiezo. En el camino se me cruzó uno de esos machos que te dejan sin aliento. ¡Unas espaldas! ¡Un pecho! ¡Un bulto! ¡Y esos ojos! Si tendrían morbo esos ojos que se los miré más que al bulto. A unos metros de mí, el macho sacó el pañuelo y se sonó estrepitosamente la nariz. Yo seguí con «mi mirada en su pupila azul». El macho me mostró el pañuelo y me dijo: «¿Querés un poco, putazo?». Yo, que de lenta no tengo nada, le contesté: «Sí, todo, pero frotámelo en el pecho». Total, que terminé chupándole la pija bajo el puente del ferrocarril.
—¿Y para hacer esa porquería me hiciste esperar una hora?
—Sí, Linda, y no me arrepiento. Tragar ese chorro de semen fue como beberme su mirada azul.
—Vida de poeta. —Así es, de poeta y puta. Y cuando más poeta, más puta me siento. Recién ahora, después de esa chupada, me encuentro en condiciones de hablar de Baudelaire.16

El radar
Por mucho que los mecanismos de coacción —ya citados— perseveren en abusar de «la loca», hay un poder incontenible que rompe cadenas socioculturales. Sirve también de radar para detectarla. Con él se puede distinguir no solo a la que ameniza con su salero bares y comparsas, a la que pone precio al culimeneo, sino también a la desabrida que intenta camuflarse en la comunidad que la repudia. Se trata del eros. Infalible contador de plumas que registra las huellas orgiásticas de su peregrinación, el cruising que nunca termina. Llave que abre las puertas para que «la zorra», «la payasa», «la oculta» y «la sencilla», por nombrar unos pocos heterónimos e identidades ocultas, cojan vuelo. «Las locas» van soltando la radiante evidencia. Gracias a la literatura hoy se pueden identificar al menos cuatro nuevas variedades que ni las ciencias más puras —a pesar de sus métodos y taxonomías— conocían. Aquí están las devotas de la lascivia: «(…) formamos una entidad religiosa y por lo tanto fanática y sagrada cuyo fin es proporcionar y recibir placer. Contra todo el horror del mundo, y aun dentro del mismo, anteponemos lo único que poseemos, nuestros cuerpos esclavizados, como fuente y receptáculo del goce».17
Comienza el desfile.
Atención: es necesario alertar al lector de ciertas socaliñas del lenguaje. Esclarecer que todo intento de establecer una diferencia entre hombre y «loca» resulta árido, porque «en definitiva toda loca es hombre y todo hombre no es más que una loca».18 Aclarado el punto, se presentarán, sobre esta pasarela, los cuatro grupos descubiertos por un escritor dotado no solo de ingenio, sino también de una gran capacidad expositiva. El cubano Reinaldo Arenas, con pericia de ornitólogo, estudió, catalogó y analizó cada uno de sus hallazgos. Las tesis de la «mariconería» se ufanan de validez epistemológica por la valiosísima aportación de El color del verano. Por respeto a la obra, se mantendrán sus definiciones originales. En un ejercicio de extrapolación, después se sucederán breves descripciones para que los lectores españoles detecten cada tipo de loca en contextos locales.
Ahora sí, comienza el desfile.
Primera categoría o grupo: LA LOCA DE ARGOLLA (también conocida como «la loca de atar»). Camina como una araña ciega, como un topo desesperado siempre en busca de una bragueta. Su inquietud fundamental es el falo y a cada instante está en trance de muerte o desesperación. No duerme, apenas si come. No deja rincón, escondrijo, solar, playa, matorral, escalera o urinario sin registrar. Nunca encuentra el objeto de su deseo y cuando cree encontrarlo se queda aún más desesperada, y parte en estampida hacia una nueva búsqueda. Es un ejemplar tan escandaloso que el sistema le ha provisto de una argolla metálica que lleva al cuello. Esa argolla puede ser visible o invisible.
Cada vez que por alguna razón política, moral o económica la loca de argolla debe ser confinada en un campo de trabajo, lo único que tienen que hacer los agentes del sistema es tirarle un garfio a la argolla. Así, este tipo de loca es recogida fácilmente. (…) Aunque se les persigue incesantemente, proliferan cada día más, a veces hasta hacen sonar su argolla mientras caminan.19
Es muy fácil toparse con esta loca en las Ramblas de Barcelona. Agita su muñoncito de gallina calle arriba y calle abajo. Es estrambótica. Hojea revistas de moda y cuando cobra su mísero sueldo de dependienta o basurera lo gasta comprando un modelito en Zara (aun cuando a final de mes no llegue y rompa la alcancía). En las esquinas de El Raval cacarea jaleos con vendedores ambulantes y camellos. Transgrede códigos y constituciones porque, ¡pobrecita!, no los conoce. Por oportunismo se engancha el lacito amarillo y eleva consignas democráticas o independentistas, aunque de política no entienda ni pío. Si corre con suerte se llevará a un mosso d’esquadra a los baños de El Corte Inglés, donde hará gala de sus encantos (si antes no termina en el calabozo).
¡Segunda categoría!: LA LOCA COMÚN (o la loca simple). Este tipo de loca tiene su compromiso, que es otra loca común, y suelen pasearse bajo algún pinar mientras comentan pequeños proyectos (…). La loca común vive generalmente con su madre (…). Pequeño oficinista, traductor, burócrata minúsculo, usa camisa blanca de manga larga, a veces va de cuello y corbata. No sueña con recibir la obra de un posible macharrán.20
Como su nombre indica, es la loca más popular. Siempre está tristona. Sin duende ni garbo, se disfraza de caballero para pasar desapercibida entre populachos. La heteronorma le confeccionó un trajecito de americana muy aburrido, que adoptó sin resistencias. Toda gris y, sin embargo, pulula en universidades, gimnasios, bancos y en confradías religiosas de Sevilla. Siempre va acompañada de otras de igual ralea. Sus compinches. Sus «amigues». Entre ellas se hablan en femenino. Clase media «aspiracional», muestra en Instagram sus paseítos en Maspalomas y Sitges embutida en un bañador Versace que pagó a plazo. Una corte de «musculocas» la adornan. Bíceps y cuádriceps artificiales, batidos de proteínas, ella no come alimentos ricos en fibra para evitar cagaderas repentinas, siempre está lista —lavativa mediante— para un rapidito donde sea. Al terminar, con el orgasmo escurriéndosele entre las nalgas, se alisa la camisa y como si nada. «La loca común» quiere ser aceptada, pertenecer, casarse y jurar ante el juez —por qué no en el altar— el «sí, acepto». Y hasta que la muerte la separe, aunque en un extraño bizqueo, siempre codicia la entrepierna de un marido ajeno.
En la tercera categoría se encuentra LA LOCA TAPADA (o la loca tapiñada). Esta loca puede llegar a ser abogado, profesor de marxismo-leninismo, militante de la Juventud Comunista, dirigente de una empresa y párroco de una iglesia católica. A veces dirige una revista literaria y realiza viajes a Bulgaria o a Mongolia. Desde luego, la loca tapada es una loca que se niega a ser loca. Es una loca fatal, pues casi nunca puede manifestarse en su total dimensión. Vive aterrorizada temiendo que le tiendan alguna trampa fálica. No quiere saber nada de las otras locas. Vegeta en plena renuncia. Sin embargo, a veces, no pudiendo más, entra en el baño de una cervecería piloto. Allá, al final del urinario, simula un negro orinar de verga retadora. La loca tapada no puede más. Lleva años de abstinencia, asistiendo al parque Lenin con sus hijas cogidas de la mano o reuniéndose en el comité de cuadra, donde es activista. La loca tapada, toda temblores, se acerca al falo gigantesco, estira el dedo índice, allí donde precisamente lleva el anillo de compromiso de su esposa, (…). La loca aterrorizada toca el falo reluciente, lo aprieta con una mano, mira desesperada hacia todos los rincones, hacia la puerta del baño. Desesperada se agacha, mama por unos segundos; de pronto, cree haber escuchado un ruido, unos pasos. Se incorpora y echa a correr (…). Atraviesa en son de fuga la ciudad y se refugia en casa junto a su esposa y sus hijas. Ese día seguramente invitará a su suegra a comer en una pizzería… Os ruego que contempléis con pena y piedad la imagen de esta loca compungida y sufrida.21
Esta loca habita no solo en países socialistas y comunistas. De hecho, se multiplica exponencialmente en Estados donde las ultraderechas surgen de sus escabechinas y corruptelas. Viaja al extranjero para perderse entre edificios turísticos (cree ella que pasa desapercibida, pero huele a angustia; «la loca tapada» suda angustia y se revela). Lejos de su terruño, se atreve a merecer. Su templanza y seguridad están agujereadas, desconfía hasta de su sombra. Ve enemigos en su familia. No necesita Grindr para ligar, sus métodos de seducción son la ostentación y las riquezas que ha robado en el ejercicio de cargos públicos. Se pueden sugerir algunos nombres para ilustrar con mayor precisión. Entre las «tapiñadas» destacan Pablo Iglesias por la plata que dizque recibió del socialismo del siglo xxi (no hay juez que lo haya probado, pero hay que desconfiar.) Pese a que enarbola enunciados marxistas, aborrece al proletario, fraterniza con la chusma cuando unas elecciones se acercan. Íñigo Errejón, sus gafitas y risa simulada lo delatan, la morisqueta que encumbre el zarpazo: acosó a mujeres de su propio bando para exhibirse como un verdadero macho. En las antípodas ideológicas despunta Santiago Abascal. Sus invectivas antiinmigración y homofóbicas lo exponen, le quitan los trajecitos que esculpen su cuerpo de «musculoca». Les tiene pavor a otras locas porque sabe que sus críticas hacia Pedro Sánchez y su vestuario son de guardarropía. Una falsedad insostenible, como ella. Puro teatro, porque su mayor anhelo es convertirse en una «loca regia». Quiere vanagloriarse para someter a todas las locas. Pablo Casado, tanto era su miedo de desvelar su plumerío que una mujer, más facha que él, lo encerró en el armario donde se marchita. Nunca más se supo de él.
La última gran categoría de las locas es LA LOCA REGIA. Se trata de una loca única que hace vida de loca, que no le oculta a nadie que es loca, que ocupa cargos políticos prominentes, que viaja a países capitalistas, que tiene varios carros y varios choferes, a los cuales ella les administra el timón fálico. La loca regia es dueña de secretos insólitos, de una maldad descomunal, de un talento ilimitado y oportunista, de un pasado que la vincula a los poderes más sórdidos y permanentes. Inmune a todo descalabro o chanchullo político o moral, ella es en sí misma un secreto o un enigma estatal. Tal vez en su juventud tuvo relaciones contundentes con un jefe de Estado, con el presidente de la ONU, con un rey o con un dictador vitalicio.22
Por la exactitud de este retrato no es necesario añadir sino un par de comentarios. La «loca regia» goza de ubicuidad e inmunidad. Se sospecha que es la única en haber recibido la vacuna contra el VIH. Como Heliogábalo, coordina orgías sin temor a la admonición ni al contagio. Fue la primera en tomar PreP, cuando la profilaxis preexposición era un mito entre colegas y paisanas. Salta talanqueras y cambia de mentalidades. Se ajusta a narrativas de derechas e izquierdas, según los movimientos de la realpolitik. Es una trepadora porque su único fin, por el que es capaz de cometer barbaridades, atentados contra la humanidad, guerras y exterminios, es ser todopoderosa. Clarísimos ejemplos: Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Vladímir Putin, Xi Jinping, Javier Milei, Nicolás Maduro y todos los papas de la Iglesia católica, apostólica y romana.
Final del desfile.

La que faltaba (colofón)
Hasta aquí la protagonista de esta semblanza. A pesar del valiosísimo resumen de Arenas, una loca más resplandece en las oscuridades. Germinó como una semillita de dalia y reclama su puesto para unirse a la grey con sus otras hermanas. Hela aquí: «la flor». Es la más empática de todas las locas. La más simpática y auténtica. Tiene una mezcla de la «loca de argolla» y la «loca regia». Jamás posa detrás de una cortina. Su cuerpecito de maniquí, siempre listo para la foto, siempre en devenir, muta, se transforma, gesta la metamorfosis que se ajusta al nuevo siglo (un cambalache de tratados por revoluciones). Con voz aguda, ella chirría las consignas que ha aprendido a lo largo de tantas amarguras. Ha hecho suyos los conocimientos que de sí misma han elaborado la filosofía postestructuralista, la filología, la sociología y las locas que la precedieron en la lucha. Sabe de la influencia de un grupo en detrimento de otro. Encara y combate la injuria, la mofa y el agravio que otros profieren desde sus privilegios, los que atornilla la norma. «La flor» critica la igualación heterosexual. Aborrece los uniformes. Esos que atufan y afean su diferencia. No se inclina —jamás— a ningún otro poder sino al de la verga, la pinga, el güevo, la polla (aunque está consciente del gobierno fálico, ya no la tiraniza). «La flor», abierta como campánula en primavera, entremetida y valiente, cambió el quietismo por el activismo. Deambula calle arriba y calle abajo. Merodea por avenidas pregonando una ética anal. Postrera, trasera, de posadera, florero abierto del que prorrumpen sus gemidos e ideas. Es ama de su culo, con el que maniobra un giro histórico, con el que piensa y elige y decide. Del culo afloran sus consciencias: «Estas micropolíticas de maricas, bolleras, travestis y transexuales se oponen al modelo tradicional de la política como guerra (…), y proponen un nuevo modelo como relación, fiesta, comunicación, autoexperimentación y placer».23 Hoy de camisa y pantalón, mañana de bikini y bustier, lista para hacer política, antes de ser empotrada, como es debido, saca de su polvera la bandera antisistema.
—Manuel Gerardo Sánchez
Citas
- Lawrence La Foutain-Stokes, «Epistemología de la loca: localizando a la transloca en la transdiáspora», en Resentir lo queer en América Latina. Diálogos desde/con el Sur, pp. 133-134. ↩︎
- Ibidem, p. 135. ↩︎
- Michel Foucault, Historia de la sexualidad, pp. 56-57. ↩︎
- Beatriz Preciado, Terror anal, p. 145. ↩︎
- Oscar Wilde, La decadencia de la mentira, pp. 137-139. ↩︎
- Guy Hocquenghem, El deseo homosexual, p. 43. ↩︎
- Reinaldo Arenas, El color del verano, pp. 404-405. ↩︎
- Canción «Puro teatro», La Lupe. El título forma parte del álbum LP Lo mejor de La Lupe. Caracas, Tico Récords, 1974. ↩︎
- Ídem. ↩︎
- Pedro Lemebel, «El resplandor emplumado del circo travesti», en lemebel.blogspot.com, publicado el miércoles 19 de octubre de 2005, http://lemebel.blogspot.com/2005/10/el-resplandor-emplumado-del-circo.html. ↩︎
- Judith Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la realidad, p. 272. ↩︎
- Ibídem, pp. 268-269. ↩︎
- Reinaldo Arenas, Arturo, la estrella más brillante, p. 39. ↩︎
- Guy Hocquenghem, El deseo homosexual, p. 28. ↩︎
- Paul B. Preciado, Manifiesto contrasexual, p. 13. ↩︎
- José Sbarra, Plástico cruel, p. 73. ↩︎
- Reinaldo Arenas, El color del verano, p. 404. ↩︎
- Ibidem, p. 405. ↩︎
- Ibidem, pp. 405-406. ↩︎
- Ibidem, p. 406. ↩︎
- Ibidem, pp. 406-407. ↩︎
- Ibidem, p. 407. ↩︎
- Beatriz Preciado, ob. cit., p. 148. ↩︎
Bibliografía
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ARENAS, Reinaldo, El color del verano. Barcelona [España], Tusquets Editores, 1999.

BUTLER, Judith, Deshacer el género. Barcelona [España], Ediciones Paidós Ibérica, S. A., 2006.

BUTLER, Judith, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Barcelona [España], Ediciones Paidós Ibérica, S. A., 2007.
FOUCAULT, Michel, Historia de la sexualidad. México, Siglo XXI Editores, vol. I., 1978.
HOCQUENGHEM, Guy, El deseo homosexual. Con Terror anal de Beatriz Preciado. Barcelona [España], Editorial Melusina S. L., 2009.
LA FOUTAIN-STOKES, Lawrence, «Epistemología de la loca: localizando a la transloca en la transdiáspora», en Resentir lo queer en América Latina. Diálogos desde/con el Sur, compiladores Diego Falconí, Santiago Castellanos y María Amelia Viteri. Barcelona [España], Editorial Egales S. L, 2013.

LEMEBEL, Pedro, Adiós mariquita linda. Santiago de Chile, Editorial Seix Barral, colección Biblioteca Breve, 2017.
PRECIADO, Beatriz, Terror anal. Barcelona [España], Editorial Melusina, S. L., 2009.
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WILDE, Oscar, El crítico como artista/La decadencia de la mentira. Barcelona [España], Austral Básicos, Espasa Libros, S. L. U., traducción de León Mirlas, 2016.
