Sangre que lava
Desde la fiesta más ostentosa de la high society caraqueña hasta las calles porteñas, pasando por reuniones de intelectuales en Barcelona, los personajes de Sangre que lava van develando sus más íntimas pulsiones, complejos y miserias, esos que los llevan al límite de sí mismos, allí donde lo grotesco parece diluirse en la sutileza que su autor logra dar a la muerte. Separados en tres bloques perfectamente orquestados, los once cuentos que integran el segundo libro de Manuel Gerardo Sánchez buscan que quien asiste a sus páginas mire el exceso, la envidia, la violencia, la traición, el asesinato y la injuria siempre matizados por la elegancia, la perfección y la aparente serenidad de lo intocable. Por eso, el giro que desencaja la mueca y el zarpazo final no se ven venir. El autor, entonces, es un animal agazapado del lenguaje y un arquitecto de sinsabores… y el lector, su impaciente víctima.
Crítica
Mientras leía Sangre que lava, entre risas me preguntaba si Manuel Gerardo estaba jugando conmigo o con la palabra. Su manera de contar –que parece de llamada telefónica urgente a altas horas de la noche– es tan inusual por el trato que dispensa tanto a los personajes y a la trama como a ese otro personaje y esa otra trama que es el lenguaje, que con frecuencia uno se dice: «Este es un escritor en su camino». O, en todo caso, que esta particularísima manera de contar es para tomársela en serio precisamente porque Manuel Gerardo es un redomado echador de broma, Algunos dicen que Manuel Gerardo es demasiado exuberante en el empleo de un castellano desusado, y es verdad. Lo que hay que ver es que, oculto entre el follaje, está el felino de mirada clavadamente moderna: es un animal literario al acecho.
—Diego Arroyo Gil, escritor.
Ficha bibliográfica y compra:
Sangre que lava. Editorial Punto Cero, Caracas, 2016.
Número de páginas: 142.
